miércoles, 29 de septiembre de 2010

Asuntos turbios

Mil quinientas treinta horas de natación a sus espaldas.
Mil veintiséis horas de gimnasio.
Cinturón negro en karate, segundo dan.
Trescientas ochenta y dos horas de entrenamiento de rugbi.
Doscientas noventa y ocho horas en el equipo de atletismo.
Ochocientas cincuenta y cinco horas de jogging.
En suma, un deportista consumado.
Y, ahora, cuando el cañón de una pistola apunta directamente a su entrecejo, ¿de qué le sirve todo eso?

* * *

Jorge y Cristian caminaban por la ciudad, charlando dificultosamente a causa del ruido. Habían salido del centro comercial y ahora se dirigían a tomar un café.
—¿Estás seguro de que no te estás metiendo en problemas? —Preguntó por enésima vez Jorge, a raíz de su romance secreto con la, ya entrada en años, mujer de un ex-capo de la mafia.— Esa gente no se anda con rodeos. Además, no sé qué le ves; podría ser tu madre.
—Mira Jorge, si su marido se entera saldrá ella peor parada que yo. Ella concierta nuestras citas cuando está completamente segura de que el viejo no nos pillará. Y no sabes cómo es en la cama.
—¡Joder con la madurita! —replicó el otro, con un tonillo ofensivo.— No quiero saber por qué te trae tan pillado —dijo, mientras abría la puerta del café y dejaba pasar a Cristian—, pero creo que deberías buscarte a otra más joven. Ya sabes lo que pasa con esas mujeres tan religiosas, que luego van a largárselo todo al cura, al cura se le escapa y ya veo a los servicios de rescate sacar tu cadáver de alta mar. ¿Qué vas a pedir?
—Un botellín de agua, como siempre.
—Siempre lo mismo, tanto cuidarte tiene que ser malo. ¿Ya corriste hoy tus dos horas diarias?
—Sí, cómo no. Ahora que tengo tiempo para todo...
—No te preocupes, acabarás encontrando trabajo. Aunque parece que de momento te da con lo que ganaste hasta ahora, ¿no? ¿Y ese reloj? ¿Es nuevo?
—Sí. Era eso lo que quería comentarte, para lo que te llamé hoy. He encontrado un nuevo trabajillo que tiene alta rentabilidad y no me quita demasiado tiempo.
—¡¡Eso es genial!! —exclamó Jorge con gran entusiasmo— ¿De qué se trata?
Cristian miró a los lados, comprobando que nadie les podía oír con claridad
—Compraventa de bienes. Ya sabes, pequeños encargos.
—¿Qué tipo de bienes?
Jorge se pensó un momento su respuesta. Reflexivo, miró la cara de su amigo, al cual, según pasaba el tiempo, se le iba ensombreciendo el rostro, dándose cuenta de el asunto en el que estaba metido su amigo.
—Que la gente quiera joder su vida no es mi problema. Yo no tomo nada.
—¡¡Pero es ilegal!! ¿Sabes lo que se te puede echar encima? Cristian, sabes que no deberías meterte en esas cosas.
—Ya soy mayorcito y sé lo que hago, ¿vale? Si es que no sé para qué te comento nada.
Su amigo bajó la cabeza un momento. No sabía cómo afrontar aquello. Cristian había sido siempre un ligón, y no le sorprendía mucho lo de aquella mujer que le sacaba veintipico años. Pero lo de comerciar con sustancias ilegales era algo que nunca pensó que podía atraerle lo más mínimo.
—¿Con qué traficas? —terminó por preguntar después de un silencio incómodo.
—Anfetaminas. Proceden de una banda del este. Son todo comodidades, recibo y entrego. Sólo por eso gano pasta.
—Pero se te puede caer el pelo.
—Sé a lo que me arriesgo, y es mi problema. Y ahora cambiemos de tema, no vaya a ser que alguien nos esté escuchando.

Siguieron hablando de otros temas, hasta que al cabo de poco más de una hora se despidieron.
De camino a casa, Cristian pensó en los riesgos que corría en ese momento, pero también en lo que le compensaban. Y es que su vida era perfecta. Tenía amor, además de con su novia, con una cincuentona que, a pesar de sus años, estaba buenísima. Y, por si fuera poco, como no vivía con ninguna de ellas, podía hacer lo que le diera la gana con otras. Además, tenía dinero, unos ingresos que superaban con mucho a los que había tenido trabajando en ningún sitio. Se pasaba los días haciendo deporte, una afición que le consumía bastante tiempo y le permitía mantener una figura envidiable. Estaba en el punto justo entre musculoso y atlético. Siempre había hecho muchísimo ejercicio, entre la natación, el gimnasio, el karate,... Así era comprensible que no le costara lo más mínimo encontrar ligues.

Pasaron dos meses, tres, cuatro, y la vida le sonreía cada vez más.

Una tarde fue a visitar a su amante cincuentona. Después de pasar por su cama se decidieron a ir a la cocina a charlar. Al cabo de un tiempo, la mujer le dijo que mejor que tenía que irse enseguida, que su marido había ido a la ópera con unos amigos, pero que volvería en poco tiempo.

—Sí, me voy ahora. ¿A qué se dedica tu marido, por cierto?
—Pues... supongo que puedo confiar en ti, ¿no? —preguntó sonriente la señora. Como Cristian asintió con la cabeza, ella prosiguió—. Creo que anda metido en el negocio del narcotráfico. No sé en qué: ¿anabolizantes?... no, no era eso. Bueno, lo que sea. Pero ahora está cabreado porque le salió competencia en la ciudad.
—No serán anfetaminas, ¿no?
—Ah sí, era eso. Ahora no gana el dinero que ganaba antes y busca joder a un narcotraficante de poca monta. Pero conociéndole, en nada volveremos a tener el capital que nos corresponde.
Cristian tragó saliva: se había metido en una buena. Se quedó ensimismado, pensando en qué podía hacer para zafarse del viejo antes de que le hiciera algo. Sabía que corría serio peligro. La mujer se le acercó con mirada viciosa.
—No sé para qué te cuento estas cosas, cariño —le dijo la mujer con una sonrisa y le dio un beso en la mejilla—. Igual nos da tiempo a algo más hasta que llegue mi marido...
Se sentó sobre él y le empezó a acariciar el pecho mientras acercaba su cara lentamente a la suya para darle un beso. Cristian reaccionó de repente y la apartó.
—Tengo que irme, lo siento —dijo escuetamente para luego irse de la casa, ante la atónita mirada de su amante.

Ya era de noche. Recorrió dos manzanas para llegar a donde había aparcado su coche, lo abrió y se metió dentro. Dio un largo suspiro antes de meter las llaves en el contacto. Se dio cuenta de que su retrovisor estaba descolocado, así que lo movió ligeramente para ver mejor la luna trasera. Fue entonces cuando vio una figura sentada en la parte de atrás, que sostenía una pistola en la mano derecha.

—Hola, Cristian. Encantado de conocerte. ¿Cómo te van las cosas? —preguntó pausadamente una voz grave—. Parece que bien. ¿Y ese reloj? ¿Es nuevo?
Cristian permaneció mudo, observándole por el espejo. La había cagado. Ahora sí que no podía hacer nada para escapar.
Agarró con las dos manos el volante y lo sostuvo fuertemente mientras esperaba oír el estallido que definiría su muerte.
—Espera, me voy a colocar a tu lado —expuso el hombre, y salió del coche para volver a entrar en la puerta del copiloto.
Al colocarse a su lado, Cristian pudo reconocer fácilmente las facciones de un hombre de casi sesenta años, con pelo cano y que llevaba un elegante traje de corte diplomático. El hombre le colocó la pistola en la cara, entre las cejas, en contacto con su piel.
—Mira, hijo de puta. Que te folles a mi mujer cuando te de la gana, pase. Pero que me jodas el negocio del que llevo treinta años viviendo sin que ningún madero me descubra...
La pistola estaba fría, y Cristian tenía los nervios a flor de piel. Sabía que ante el mínimo intento de contraataque, el viejo dispararía y le mandaría al otro barrio. Al cabo de unos segundos, el hombre se tranquilizó y le retiró la pistola de la frente.
—Mira, esto es lo que vas a hacer. A mi mujer no le vas a decir absolutamente nada de nuestra pequeña reunión ni de lo que hagamos hoy. Simplemente irás dejando de verla poco a poco, como si te hubiera dejado de atraer. Y no volverás a tocar un gramo de anfetamina ni de droga en general si no quieres vértelas conmigo. ¿Queda claro?
Cristian asintió con la cabeza.
—Vale. Ahora enciende el coche y conduce hasta donde yo te diga. Así sabrás lo que es tratar conmigo.

Se dirigieron por la calle cercana a la playa hasta una casucha cercana al puerto. La noche era ya cerrada y no había esperanza de que saliera con vida si se ponía gallito. Probablemente se dirigirían a un lugar donde sería torturado o quizás degollado. En estos pensamientos estaba cuando divisó el muelle al fondo de la carretera. Entonces pensó. Si por casualidad conseguía caer al agua y que el coche se hundiera, no tendría que resistir lo que fuera que le esperara en aquel lugar. Él era más fuerte, nadaba más rápido y aguantaba más tiempo debajo del agua, además de no tener la desventaja de la pistola, que se estropearía si le entraba agua en la recámara.

La mente se le iluminó. Como si de repente le hubiera dado algo, se tiró contra el volante, fingiendo haberse desmayado. El sonoro claxon empezó a pitar ininterrumpidamente mientras el coche enfilaba a todo gas el muelle para caer inexorablemente al mar. De nada sirvió que el ex-capo maldijera a todo lo maldecible mientras intentaba levantar el pie del chico del acelerador, o intentara cambiar de rumbo torciendo el volante. Un peso muerto, muy superior al que sus brazos eran capaces de levantar, no permitía girar ni un milímetro la dirección del vehículo. El gimnasio al fin había servido de algo a Cristian. El mafioso, viendo que la caída al agua era inminente, dejó a un lado la pistola para tratar de apartar la mole con todas sus fuerzas. Cuál sería su sorpresa, cuando vio que Cristian había fingido su inconsciencia y había esperado el momento en que descuidara la pistola para propinarle un doloroso puñetazo en la mandíbula. Vio que la puerta del conductor se abría justo antes de que el coche volara desde el final del muelle hasta la superficie del mar. El agua comenzó a entrar rápidamente en el coche y, en pocos segundos, éste estaba totalmente inundado. Mientras tanto, los dos hombres forcejeaban. Pero la superioridad de Cristian enseguida resultó abrumadora. Con más fuerza, más aguante y más rapidez de movimientos, logró reducir al ex-capo en muy poco tiempo, dejándole en el coche que se ahogara mientras él subía a la superficie. Tras volver a bajar para cerciorarse de que el hombre estaba muerto, se dirigió nadando al muelle y subió a tierra firme. Estaba empapado, así que se dirigió a la casa de su amante, que no quedaba muy lejos.

Estaba en camino cuando oyó que alguien gritaba su nombre. Era Jorge.
—¿Qué ha pasado?
—He tenido un pequeño problema con el marido de mi amante.
—¿Ves? Te dije que no debías meterte en esos temas.
—Pero no ha sido por ella. ¿Qué haces aquí?
—Nada, paseaba por aquí y he visto tu coche volar hacia el puerto.
—¿A estas horas?
—Sí, me gusta dar paseos nocturnos. Cuéntame lo que ha ocurrido.

Enfilaron el camino a casa de la viuda. Cristian empezó a contarle a su amigo todo lo ocurrido cuando, de repente, notó un pinchazo en el costado. Al pinchazo le siguió un dolor fuertísimo por todo el cuerpo, un agarrotamiento de los músculos y un desmayo. Jorge le había atacado con una pistola de electrochoque. Cuando despertó, se encontraba amordazado y atado.

—Sí, Cristian. Ya lo sé todo —expresó su amigo con voz tranquila—. Era mi jefe, y lo mataste. Mira que te lo dije. Te lo dije y te lo repetí. No te metas en eso, que vas a acabar mal... Pues nada, no me hiciste ni caso.

Le puso una pistola en el entrecejo. Volvía a notar la misma sensación que hacía un cuarto de hora. Pero parecía que, después de todo, uno se podía acostumbrar a la sensación de ir a morir. Toda la superioridad física que tenía con respecto a su "amigo", desaparecía gracias al arma de fuego y las mordazas.

—En esta ciudad no hay suficiente sitio para dos camellos. El jefe pensó en dejarte actuar porque parecía que lo hacías tan mal que la policía te pillaría en poco tiempo. Si te enchironaban, descartarían cualquier relación del jefe con el mundo de la droga. Dos pájaros de un tiro, con el único perjuicio de no ganar un par de euros. Pero esos incompetentes... Tuvo que encargarse él mismo de ti. Y ahora él es un fiambre. ¡¡Un fiambre!!, ¿¿me oyes??

Cristian reposaba sobre una alfombra en una habitación prácticamente vacía. Mientras Jorge hablaba, examinó con cuidado la estancia para ver qué podía hacer para escapar, pero no encontró nada de ayuda. Finalmente se dedicó a jugar nerviosamente con las cuerdas que le retenían. Tenía las manos atadas en la espalda y estaba tumbado sobre ellas.

—Pero no, Cristian, no. Este negocio será mío, sólo mío —dijo su amigo con voz de esquizofrénico mientras le daba la espalda y se alejaba—. Tú sólo te dedicarás a tu gimnasio, tus pesas y tus ligues. Yo seré el único que coma de este pastel.

De repente, notó que una de las sogas estaba mal atada. La desató con rapidez y consiguió liberar sus manos. Como su captor estaba de espaldas, se levantó dirigió hacia él con las piernas aún atadas entre sí. Si conseguía atacarle y quitarle la pistola, estaba todo hecho.

Le separaban tan sólo cuatro metros. Caminaba de puntillas y dando pasos pequeños, ya que le costaba tanto como si tuviera unos pantalones a la altura de los tobillos. Tres metros. Jorge no se imaginaba siquiera lo que se le avecinaba. Dos metros. Estaba a punto de zafarse de aquel cabrón. Un metro. Ya casi podía tocarle con los dedos. Un brillo metálico le cegó. " Pero qué coño....?" "Mierda, me ha descubierto". ¡¡Bang!!

Cristian cayó al suelo, muerto, con una bala incrustada en la sien.

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