sábado, 21 de agosto de 2010

Gentil sacrificio

El hombre comenzó a relatar los hechos ante la atestada sala, a petición del juez. Su cara reflejaba total indiferencia.
—Pues verá, yo había quedado con él a las ocho y media. Tanto usted como el resto de la sala deben saber que yo soy de esas personas que, por algún extraño motivo, tienen ligeramente estropeada la percepción del tiempo y llegan siempre tarde; ese día no fue una excepción y yo me retrasé escasos diez minutos. Hay días que te levantas con el pie izquierdo, ¿sabe usted lo que le digo? Esos fatídicos días en que estás de mal humor y te revelas contra todo.
—¿Era eso lo que usted dice que le ocurría?
—No a mí, sino a él
—¿Se refiere a la víctima, Fernando García?
—Sí. Según llegué, empezó a echar pestes. Ya sabe, que por qué tenía que llegar tarde siempre, que era un inútil... Y claro, una cosa es reñir ligeramente, y otra muy diferente es mezclar conceptos. No tendré muy agudizado el sentido de la puntualidad, pero me considero una persona mañosa, capaz de hacer lo que se proponga. Y claro, tuve que contestarle.
Lo primero que le dije fue que no hablara él, que mejor iba lo de "inútil" dirijido a sí mismo. Y ahí he de reconocer que me pasé, pues hice referencia a un tema muy delicado.
>>Se trata de que cuestioné la "hombría" de Fernando. Su mujer y la mía son bastante amigas, llevan siéndolo desde siempre. Se cuentan hasta las cosas más íntimas. Pues bien, un día, mientras hablaban tranquilamente sentadas al sol en nuestro jardín, Miguel, un amigo que tenemos en común, las oyó hablar de cierto tema relacionado con... ya sabe, la parte más íntima de la pareja. Parece ser que escuchó cómo su mujer describía una torpeza de movimientos en la cama extraordinaria, cierto querer y no poder que le ocurría día sí, día también...
>>Todo eso es un material que usted bien se puede imaginar la juerga que provocó en nuestro grupo de amigos al ser revelado. Pero tras la tempestad vino la calma, y después de dos o tres meses, nadie se acordaba de ello. Fui yo quien lo sacó a la luz aquel día. El hecho de que volviera a mencionarlo le sentó como una pedrada en la cabeza, y después de insultarme se abalanzó sobre mí.
—Ahí comenzó la pelea, ¿no?
—Correcto. Acabamos peleando en el suelo, y en una de las pujas me conseguí zafar de él, con tan mala suerte que lo empujé a la carretera. No vi lo que ocurrió, pero me sorprendió un ruido sordo. Cuando conseguí levantarme, me di cuenta de que un coche le había pasado por encima. Estaba tumbado boca abajo sobre el asfalto y tenía marcas de neumáticos ahí donde la espalda pierde el nombre.
—¿Y cómo explica el disparo en la cabeza que le dio después?
—Pues es muy fácil. Fíjese usted en las vacas cuando se rompen una pata. ¿No las sacrifican para que no sufran?