martes, 3 de noviembre de 2009

Abismo

Estaba allí colgada ante el abismo. Se había ido quedando sin apoyos, ya fuera por una razón o por otra. Al final se había resbalado de la cúspide del acantilado y había caído; pero aún le quedaba una cuerda, una mísera cuerda a la que agarrarse. La soga de la amistad se deshilachaba. Lógico sería pensar que intentaría tratarla lo mejor posible, intentaría estar colgada casi sin moverse, manteniendo la respiración, procurando deteriorarla lo menos posible, pero no. Lejos de actuar de forma sensata, últimamente se había dedicado a jugar con ella. Se balanceaba, rotaba y la utilizaba despreocupadamente. En cierto momento la cuerda había golpeado una piedra tajante de la rocosa y abrupta pared del acantilado, y se había desgarrado en gran medida. Y ella miraba de vez en cuando hacia abajo con miedo, pero ni siquiera su profundidad la inducía a actuar de manera prudente.
Tras cierto tiempo, la parte más estropeada de la cuerda había evolucionado de forma fatal, y ella se hayaba colgada de un sólo hilo, un hilo que era aparentemente el más resistente de todos, pero que en poco tiempo cedería. Y ahora sí, ya no podía hacer nada más que rezar a todos los santos que conocía, puesto que sería cuestión de tiempo y suerte que su peso quebrara el ultimo hilo y ella cayera en ese gran hueco sin salida, en el abismo de la soledad.