I
"¿Quién es ese chico tan guapo?", le había preguntado a su amiga aquel día en la discoteca, con tan sólo quince años. Le sonaba de haberlo visto antes por el instituto, pero no le conocía, y quería conocerlo. Al parecer, el joven era dos años mayor que ella y se llamaba Jose. En su vestuario, aparentemente como el de cualquier chico de su edad, cabía distinguir un toque que le hacía sentir distinto a los demás. No sólo se dejaba influenciar por las modas, es que la ropa le sentaba bien. "Preséntamelo", le había pedido a su amiga. Y así había empezado todo.
El chico en cuestión no era como los demás. Su carácter bohemio y sensible era particularmente atrayente. Con él se sentía diferente, como alguien importante, no sólo una chica más. A medida que se habían ido conociendo, sus pensamientos se confluían cada vez más. Cada vez estaba más segura de que trataba con el hombre perfecto. Aparentemente tímido, el chico no se había atrevido ni a besarle hasta que pasó tiempo, un tiempo que se le hizo eterno. Sí, estaba enamorada de él, pero esperó, no quiso acelerar nada. Él no reaccionaría como los demás.
Fue el día de fin de curso, a un mes de su cumpleaños. Jose se atrevió a darle un tímido beso en los labios, y ahí empezó toda su relación. Despacio, sin ninguna prisa, como esperaba de él, fueron queriéndose más y más. Podía confiar plenamente en él, todo lo que le decía era guardado bajo llave, y todo lo que él decía era sabio y absolutamente cierto. Sus consejos eran una guía inestimable; sus opiniones, axiomas, verdades imposibles de contradecir.
Un mal día de verano, poco después de cumplir ella dieciséis años, él le contó con pesar que se iría a otra ciudad a estudiar. En aquel momento se echó a llorar, le fallaban las piernas, le dolía el corazón. Era como el aire, su aire, y no lo podría dejar escapar. Si quería vivir, debía ir con él. Y él se lo ofreció. No tuvo que pensar más de dos segundos para hallar una solución que, aunque precipitada y sumamente irresponsable, era la única que cabía en su cabeza. Iría con él a donde hiciera falta.
II
Sus padres no se lo habían tomado nada bien. De hecho, no le dejaban hacer tal cosa. Pero ella aprovechó, y en un renuncio, un descuido de la tutela de estos, se marchó dejando todo atrás. ¿Como viviría? Podría trabajar como camarera en cualquier parte, ya tenía edad para hacerlo. Una cara bonita, una mente de niña. Se iría a vivir con Jose en la casa que juntos pagarían y todo sería estupendo. ¿A quién le importaba los estudios si él era su vida?
Ante la determinación de su hija, los padres pensaron que podría ser una buena enseñanza para ella el dejarla ir, y que viera que la vida no la trataría bien así. Confiaban en que la educación que le habían dado sería suficiente para que sobreviviera sola. Sabían que volvería y querría estudiar. Y así, ella y Jose se embarcaron en un vuelo lejos del acogedor nido paterno para vivir la aventura por sí mismos.
Los días en su nuevo hogar pasaron. Ella consiguió trabajar algunos fines de semana en un bar, ayudando en la barra cuando más demanda había. Él recibía periódicamente dinero de sus padres, lo que les ayudaría a pagar el piso, las facturas y la comida. Por la mañana él se iba a la universidad y ella se quedaba en casa, pero no le importaba. Aprendió pronto a encargarse de las tareas del hogar, con tan sólo dieciséis años, y aguantaba los días esperando a que su novio volviera de la facultad.
Pero él llegaba cada día más tarde, y mientras los fines de semana ella trabajaba en el bar, él se divertía saliendo con sus nuevos amigos. Era lógico, debía relacionarse; ella le quería y lo que más deseaba es que fuera feliz.
Tras una noche de fiesta, Jose llegó borracho a casa. Eran las cinco de la madrugada y su novia, como una esposa de cincuenta años esperando por su marido, alarmada, había aguantado despierta. Discutieron, y ella se dio cuenta de que él ya no era el mismo, de que la universidad y sus nuevos amigos le habían hecho ser otra persona.
III
Era inevitable. No pasaban por el mejor momento, pero era imposible eludirlo. Jose llegó al punto de acosarla, y es que no podía pasar mas tiempo sin que hubiera sexo. Ella maldijo el hecho de que todos, sin excepción, no pudieran pensar en otra cosa. En algún momento la ilusa de ella se había pensado que Jose sería diferente. Quizá sus nuevas relaciones públicas, quizá las drogas eran lo que le había cambiado. Antes nunca se había comportado así, ahora era un hombre de pelo en pecho, un macho ibérico; en otras palabras, un cabrón insensible. Pero ya era tarde, así que no tuvo más remedio que cargar con ello. Tenía miedo a que si se negaba él la dejara con las maletas en la calle, sola.
Y así, a partir de un calentón se dejaron llevar. Dolor físico, sangre, y sufrimiento mental. En mal momento se fue a dar cuenta ella de que no quería hacerlo con él, de que estaba en la cama con un desconocido insensible. ¿Dónde estaba ese chico tímido del que ella se había enamorado? No quiso seguir, deseaba parar con todas sus fuerzas, pero él parecía poseído por su instinto y no paró hasta acabar. La dejó llorando en la cama, echa un ovillo y temblando. Sintió un abanico de malas sensaciones: odio, vergüenza, repugnancia, asco, dolor y soledad. Y es que nadie la apoyaba, y vivía con un completo desconocido que, por cierto, acababa de convertir su virginidad en un traumatico chiste. Y, ¿qué podía hacer? Tendría que aguantar, sufrir en silencio todo aquello. Se arrepentía profundamente de haber dejado todo atrás, la comodidad de su hogar; de haber confiado tanto en una sola persona. La vida le había dado una lección que, aunque útil y necesaria, había tenido un coste muy alto: las personas cambian, y no se debe fiar uno de las apariencias. Ni la persona en la que más había confiado ella en su vida, que era Jose, era digna ahora del mas mínimo respeto.
No se atrevía ni a mirarle a la cara. Había sido poco menos que violada, y para colmo él había empezado a tomar con ella una actitud fanfarrona y chulesca ya que parecía que, una vez abierta la lata, cualquier momento se prestaba para la ocasión. Aguantó tres semanas, en los que sin saber cómo consiguió evadirse de la lujuria de su novio, que minuto tras minuto le pedía lo mismo, recordándole la traumática experiencia y despertando en ella una sensación de terror y asco. Tras esas tres semanas tomó la decisión de dejarlo atrás y volver a la casa de sus padres. Pero, para colmo, la experiencia le había dejado otra sorpresa, una que la marcaría de por vida. "No pasa nada si lo hacemos hoy", le había dicho en el momento justo el idiota de su novio, en el que de aquella aún confiaba.
IV
Jose estaba con otra, y ella albergaba en su vientre el embrión de un hijo suyo. ¿Cómo se lo tomaría él cuando se lo contara? Suponía que mejor que sus padres, que también tendrían que saberlo. El mundo se le había echado encima cuando lo descubrió: Con los ojos empapados se había dado cuenta de que el test confirmaba su embarazo, y en ese momento se dio cuenta de todo lo que un hijo significaba. El primer conflicto al que se tuvo que enfrentar fue decíselo a Jose. La reacción de éste fue muy extraña para ella: primero se rió, como pensando que era una broma; después, empezó a caminar nervioso por la estancia para más tarde empezar a pegar puñetazos y patadas a todo lo que encontraba por delante mientras echaba pestes por la boca. Ella salió corriendo de casa, llorando, preguntándose qué había sido de aquel chico tan sensible y educado que había conocido, pero poco a poco se iba acostumbrando al nuevo temperamento de Jose. Mientras se iba, él le grito que nunca más quería volver a verla y que tenía un día para hacer las maletas e irse. Triste y desamparada, tuvo que coger un avión e irse con sus padres, sin tener ni la más remota idea de cómo reaccionarían.
Sólo una niña, inocente y salvaje, ha de volver a casa de nuevo.
Ella les había dicho por teléfono que volvería sin exponerles razón alguna de por qué. La esperaban a la salida de la estación, con una sonrisa sincera pero tras la que se ocultaba una preocupación. Y es que ellos sabían que ella no había anticipado su regreso sin razón y se esperaban lo peor. Tras abrazar a sus padres de nuevo, de camino a casa ella les contó todo lo ocurrido. Un niño que cuidar, un capullo suelto por el mundo... pero nunca más estaría sola. Su reacción no pudo ser más que de desesperación, agobio, y comprensión. Sabían que no debían reñir a su hija, que ella sola ya había pasado suficiente tormento. La acogieron como hija pródiga con todas las desgracias que eso acarreaba.
Los años pasaron y su hijo, el cual había decidido tener debido a las dificultades que le habían surgido para abortar, creció y se convirtió en la viva imagen de su padre. Un niño que le hacía daño sólo con mirarla por los recuerdos de su ex-novio, pero que a su vez fue una fuente de alegrías para ella. Eso sí, no quiso saber más de ninguna relación sentimental con hombres en mucho tiempo. Más que un trauma, lo consideraba una mala experiencia. Cada relación con uno podía suponer correr demasiados riesgos.
Estudió, sacó una carrera, y acabó casándose con un hombre que sí que se enamoró de ella. La vida le fue bien, tuvo más hijos e incluso nietos. Les contaba para dormir una historia parecida a la suya, pero no exactamente igual. La suya era demasiado cruel. Por suerte, los niños siempre se dormían pronto, y ella no tenía que recordar el sufrimiento que había pasado.
Inspirada en Mary Lou, de Sonata Arctica
"¿Quién es ese chico tan guapo?", le había preguntado a su amiga aquel día en la discoteca, con tan sólo quince años. Le sonaba de haberlo visto antes por el instituto, pero no le conocía, y quería conocerlo. Al parecer, el joven era dos años mayor que ella y se llamaba Jose. En su vestuario, aparentemente como el de cualquier chico de su edad, cabía distinguir un toque que le hacía sentir distinto a los demás. No sólo se dejaba influenciar por las modas, es que la ropa le sentaba bien. "Preséntamelo", le había pedido a su amiga. Y así había empezado todo.
El chico en cuestión no era como los demás. Su carácter bohemio y sensible era particularmente atrayente. Con él se sentía diferente, como alguien importante, no sólo una chica más. A medida que se habían ido conociendo, sus pensamientos se confluían cada vez más. Cada vez estaba más segura de que trataba con el hombre perfecto. Aparentemente tímido, el chico no se había atrevido ni a besarle hasta que pasó tiempo, un tiempo que se le hizo eterno. Sí, estaba enamorada de él, pero esperó, no quiso acelerar nada. Él no reaccionaría como los demás.
Fue el día de fin de curso, a un mes de su cumpleaños. Jose se atrevió a darle un tímido beso en los labios, y ahí empezó toda su relación. Despacio, sin ninguna prisa, como esperaba de él, fueron queriéndose más y más. Podía confiar plenamente en él, todo lo que le decía era guardado bajo llave, y todo lo que él decía era sabio y absolutamente cierto. Sus consejos eran una guía inestimable; sus opiniones, axiomas, verdades imposibles de contradecir.
Un mal día de verano, poco después de cumplir ella dieciséis años, él le contó con pesar que se iría a otra ciudad a estudiar. En aquel momento se echó a llorar, le fallaban las piernas, le dolía el corazón. Era como el aire, su aire, y no lo podría dejar escapar. Si quería vivir, debía ir con él. Y él se lo ofreció. No tuvo que pensar más de dos segundos para hallar una solución que, aunque precipitada y sumamente irresponsable, era la única que cabía en su cabeza. Iría con él a donde hiciera falta.
II
Sus padres no se lo habían tomado nada bien. De hecho, no le dejaban hacer tal cosa. Pero ella aprovechó, y en un renuncio, un descuido de la tutela de estos, se marchó dejando todo atrás. ¿Como viviría? Podría trabajar como camarera en cualquier parte, ya tenía edad para hacerlo. Una cara bonita, una mente de niña. Se iría a vivir con Jose en la casa que juntos pagarían y todo sería estupendo. ¿A quién le importaba los estudios si él era su vida?
Ante la determinación de su hija, los padres pensaron que podría ser una buena enseñanza para ella el dejarla ir, y que viera que la vida no la trataría bien así. Confiaban en que la educación que le habían dado sería suficiente para que sobreviviera sola. Sabían que volvería y querría estudiar. Y así, ella y Jose se embarcaron en un vuelo lejos del acogedor nido paterno para vivir la aventura por sí mismos.
Los días en su nuevo hogar pasaron. Ella consiguió trabajar algunos fines de semana en un bar, ayudando en la barra cuando más demanda había. Él recibía periódicamente dinero de sus padres, lo que les ayudaría a pagar el piso, las facturas y la comida. Por la mañana él se iba a la universidad y ella se quedaba en casa, pero no le importaba. Aprendió pronto a encargarse de las tareas del hogar, con tan sólo dieciséis años, y aguantaba los días esperando a que su novio volviera de la facultad.
Pero él llegaba cada día más tarde, y mientras los fines de semana ella trabajaba en el bar, él se divertía saliendo con sus nuevos amigos. Era lógico, debía relacionarse; ella le quería y lo que más deseaba es que fuera feliz.
Tras una noche de fiesta, Jose llegó borracho a casa. Eran las cinco de la madrugada y su novia, como una esposa de cincuenta años esperando por su marido, alarmada, había aguantado despierta. Discutieron, y ella se dio cuenta de que él ya no era el mismo, de que la universidad y sus nuevos amigos le habían hecho ser otra persona.
III
Era inevitable. No pasaban por el mejor momento, pero era imposible eludirlo. Jose llegó al punto de acosarla, y es que no podía pasar mas tiempo sin que hubiera sexo. Ella maldijo el hecho de que todos, sin excepción, no pudieran pensar en otra cosa. En algún momento la ilusa de ella se había pensado que Jose sería diferente. Quizá sus nuevas relaciones públicas, quizá las drogas eran lo que le había cambiado. Antes nunca se había comportado así, ahora era un hombre de pelo en pecho, un macho ibérico; en otras palabras, un cabrón insensible. Pero ya era tarde, así que no tuvo más remedio que cargar con ello. Tenía miedo a que si se negaba él la dejara con las maletas en la calle, sola.
Y así, a partir de un calentón se dejaron llevar. Dolor físico, sangre, y sufrimiento mental. En mal momento se fue a dar cuenta ella de que no quería hacerlo con él, de que estaba en la cama con un desconocido insensible. ¿Dónde estaba ese chico tímido del que ella se había enamorado? No quiso seguir, deseaba parar con todas sus fuerzas, pero él parecía poseído por su instinto y no paró hasta acabar. La dejó llorando en la cama, echa un ovillo y temblando. Sintió un abanico de malas sensaciones: odio, vergüenza, repugnancia, asco, dolor y soledad. Y es que nadie la apoyaba, y vivía con un completo desconocido que, por cierto, acababa de convertir su virginidad en un traumatico chiste. Y, ¿qué podía hacer? Tendría que aguantar, sufrir en silencio todo aquello. Se arrepentía profundamente de haber dejado todo atrás, la comodidad de su hogar; de haber confiado tanto en una sola persona. La vida le había dado una lección que, aunque útil y necesaria, había tenido un coste muy alto: las personas cambian, y no se debe fiar uno de las apariencias. Ni la persona en la que más había confiado ella en su vida, que era Jose, era digna ahora del mas mínimo respeto.
No se atrevía ni a mirarle a la cara. Había sido poco menos que violada, y para colmo él había empezado a tomar con ella una actitud fanfarrona y chulesca ya que parecía que, una vez abierta la lata, cualquier momento se prestaba para la ocasión. Aguantó tres semanas, en los que sin saber cómo consiguió evadirse de la lujuria de su novio, que minuto tras minuto le pedía lo mismo, recordándole la traumática experiencia y despertando en ella una sensación de terror y asco. Tras esas tres semanas tomó la decisión de dejarlo atrás y volver a la casa de sus padres. Pero, para colmo, la experiencia le había dejado otra sorpresa, una que la marcaría de por vida. "No pasa nada si lo hacemos hoy", le había dicho en el momento justo el idiota de su novio, en el que de aquella aún confiaba.
IV
Jose estaba con otra, y ella albergaba en su vientre el embrión de un hijo suyo. ¿Cómo se lo tomaría él cuando se lo contara? Suponía que mejor que sus padres, que también tendrían que saberlo. El mundo se le había echado encima cuando lo descubrió: Con los ojos empapados se había dado cuenta de que el test confirmaba su embarazo, y en ese momento se dio cuenta de todo lo que un hijo significaba. El primer conflicto al que se tuvo que enfrentar fue decíselo a Jose. La reacción de éste fue muy extraña para ella: primero se rió, como pensando que era una broma; después, empezó a caminar nervioso por la estancia para más tarde empezar a pegar puñetazos y patadas a todo lo que encontraba por delante mientras echaba pestes por la boca. Ella salió corriendo de casa, llorando, preguntándose qué había sido de aquel chico tan sensible y educado que había conocido, pero poco a poco se iba acostumbrando al nuevo temperamento de Jose. Mientras se iba, él le grito que nunca más quería volver a verla y que tenía un día para hacer las maletas e irse. Triste y desamparada, tuvo que coger un avión e irse con sus padres, sin tener ni la más remota idea de cómo reaccionarían.
Sólo una niña, inocente y salvaje, ha de volver a casa de nuevo.
Ella les había dicho por teléfono que volvería sin exponerles razón alguna de por qué. La esperaban a la salida de la estación, con una sonrisa sincera pero tras la que se ocultaba una preocupación. Y es que ellos sabían que ella no había anticipado su regreso sin razón y se esperaban lo peor. Tras abrazar a sus padres de nuevo, de camino a casa ella les contó todo lo ocurrido. Un niño que cuidar, un capullo suelto por el mundo... pero nunca más estaría sola. Su reacción no pudo ser más que de desesperación, agobio, y comprensión. Sabían que no debían reñir a su hija, que ella sola ya había pasado suficiente tormento. La acogieron como hija pródiga con todas las desgracias que eso acarreaba.
Los años pasaron y su hijo, el cual había decidido tener debido a las dificultades que le habían surgido para abortar, creció y se convirtió en la viva imagen de su padre. Un niño que le hacía daño sólo con mirarla por los recuerdos de su ex-novio, pero que a su vez fue una fuente de alegrías para ella. Eso sí, no quiso saber más de ninguna relación sentimental con hombres en mucho tiempo. Más que un trauma, lo consideraba una mala experiencia. Cada relación con uno podía suponer correr demasiados riesgos.
Estudió, sacó una carrera, y acabó casándose con un hombre que sí que se enamoró de ella. La vida le fue bien, tuvo más hijos e incluso nietos. Les contaba para dormir una historia parecida a la suya, pero no exactamente igual. La suya era demasiado cruel. Por suerte, los niños siempre se dormían pronto, y ella no tenía que recordar el sufrimiento que había pasado.
Inspirada en Mary Lou, de Sonata Arctica
