viernes, 7 de septiembre de 2012

Una sensación inolvidable


—Las veo y subo dos mil —expresó su oponente.

Manuel sentía a su corazón ir a mil por hora, sentía cómo sus nervios le desbordaban. Tenía un poker de ases, nada menos. Con aquello casi se aseguraba la victoria, pero le quedaba muy poco dinero ya. Levantó su vaso de whisky a la altura de los ojos y observó a su rival a su través. Parecía que, tras aquella cortina de alcohol, le intimidaba menos. Bebió un trago y sintió cómo el Jack Daniels le quemaba esófago abajo. Decidió terminar con aquello cuanto antes. Se levantó, se sacó del bolsillo unas llaves y las puso encima de la mesa.

—Lo veo y subo aún más. Me juego mi coche. Nuevo de paquete, treinta mil euros.

Su interlocutor, escéptico y con media sonrisa, se demoró unos segundos para contestarle.

—Veo los veintiocho mil.

Se mantuvo de pie, dando pequeños pasos adelante y atrás. Había muchísimo dinero en juego, no sabía cómo había llegado a aquel extremo. Él no se podía permitir jugar, al menos a tal nivel, pues su economía iba bastante mal. El hombre contra el que jugaba, mucho más pudiente que él, era el único impedimento que le separaba de un grandioso bote con el que tapar muchos de los agujeros que tenía en sus cuentas; entre otras cosas, el crédito del coche que acababa de apostar.

En la pequeña sala, claramente poco lujosa, camuflada como un almacén pero refugio de partidas ilegales de póker, había estanterías con alimentos, utensilios de limpieza, una escoba, un recogedor y hasta cajas enteras de bebida. Un vigilante observaba de pie muy atento toda la escena para evitar posibles incidentes entre jugadores agresivos o con mal perder.

Tras posar el vaso, Manuel dio rápidamente la vuelta a las cartas que tenía para desvelar su póker. La probabilidad de que le ganara con aquello era, como muy bien sabía tras tantas cuentas que había hecho, una entre 64.974. Es decir, casi imposible. Pero había que verle las cartas a aquel individuo.

Su rival expuso una sonrisa mayor y le miró a los ojos.

—Lo siento mucho, señor Rodríguez —dijo aquel hombre tranquilamente sentado tras una pila imponente de fichas, mientras daba la vuelta a sus cartas—. Escalera de color. Ha jugado usted muy bien, su mano era prácticamente insuperable, pero yo he tenido mucha suerte.

Observó a aquel hombre coger las llaves del coche y todas aquellas fichas; en cierto modo, lo que estaba viendo era cómo se iban de sus manos, como arena entre los dedos, el dinero de la universidad de sus hijos, su coche, su ilusión, su matrimonio y, en general, toda su vida. No podría hacer frente a las deudas ahora, y su mujer, que ya le había amenazado con dejarle si seguía jugando, se iría sin escuchar sus disculpas. Era incapaz de articular una sola palabra y de mover un sólo músculo. Se había quedado paralizado al pensar que se había jugado todo lo que tenía a una mano y lo había perdido.

Tras unos segundos en aquella tesitura, reaccionó. Una especie de calambre le recorrió el cuerpo, activándolo por completo. Dio tres pasos para coger la escoba con la mano izquierda y la botella de Jack Daniels casi vacía con la derecha. El gorila de la puerta, atónito, no tuvo tiempo para esquivar el botellazo que le propinó Manuel en la cabeza, y cayó estrepitosamente al suelo, inconsciente, sangrando de forma violenta. El hombre que había ganado la partida se levantó rápidamente y trató de defenderse, pero le fue en vano porque Manuel ya había agarrado la escoba con las dos manos y la estampó de canto contra su sien derecha. A pesar de la dureza del golpe, y tambaleándose, aquel hombre aguantó en pie, lo que obligó al otro a pegarle un segundo escobazo, esta vez de revés, que impactó directamente en su nariz, hundiéndosela, y le tiró contra una de las estanterías. Una pesada caja llena de bebida cayó entonces desde la estantería más alta sobre su cara, asegurando su muerte. Tras el episodio violento, los dos hombres yacían, uno sin vida y otro inconsciente, en el piso de aquel cuchitril, con sendos charcos de sangre.

Manuel no sentía nada en aquel momento. Ni miedo, ni arrepentimiento, ni tristeza; estaba superado por la realidad. Pero sabía que debía huir de allí pues había cometido un crimen. Sin ni siquiera coger las llaves de su coche, abrió la puerta de aquella habitación y salió corriendo por unas escaleras que le llevaban a un pub y, de ahí, al exterior. Corría sin saber por qué, sin saber qué buscaba, pero debía alejarse pues no tardaría en llegar la policía.

Sus pies acabaron llevándole a una estación de tren. Entró allí y, desorientado, paró, con el aliento agitado, mientras observaba a su alrededor buscando una escapatoria. Los megáfonos recitaban destinos:

—Tren con destino Barcelona, llegará al andén 8 en un minuto.

Entonces vio un cartel que indicaba que el andén 8 quedaba bajando unas escaleras mecánicas, y tras ello recorriendo un largo pasillo y girando a la derecha. Saltó el control de la entrada y corrió lo más rápido que pudo, empujando a la gente e incluso tirando a una chica que no le permitió el paso. Giró y subió unas últimas escaleras hacia el andén. Se encontró entonces al principio de este y el tren venía a lo lejos. Se alejó ligeramente de las vías y se sentó en un banco, siempre mirando hacia el final de los raíles con la mirada medio perdida, pensando en todo lo que estaba dejando atrás. Sus hijos, su mujer, sus padres,... Toda aquella gente confiaba en él y les había traicionado.

Le despistó un hombre con el uniforme de la compañía de trenes, que vino a echarle en cara lo que le había hecho a la chica hacía unos segundos, que no hubiera ido con más cuidado, pero Manuel no estuvo atento a lo que decía. El tren ya estaba llegando, así que se levantó y le interrumpió:

—¿Sabe lo que es joder tu vida en dos minutos? ¿Sabe lo que se siente? Yo, sí. Es una sensación inolvidable.

Tras ello, salió corriendo y se tiró a las vías ante el tren que pasaba.