sábado, 17 de abril de 2010

El lugar sin dios

Se encontraba allí como siempre, sin explicación ninguna. Su pelo castaño y rizado le llegaba ya por las rodillas, y nadie se preocupaba de ello. Es más, no le veían, porque estaba muerto. No sabía cuánto llevaba ya, pero era rutina: vagaba por el cementerio, viendo algún entierro de vez en cuando, o simplemente entreteniéndose con los animales que allí vivían. Estar muerto era de lo más aburrido, sobre todo si no podías salir del camposanto. Pero aquel entierro era entretenido, y ahora le acompañaba otra alma que aún intentaba hacerse notar, ser vista, o al menos que sus familiares supieran que les oía y que podían despedirse de ella.

Eso le recordaba a cuando él murió. Aquel día se había dado cuenta de repente de que estaba en el cementerio y que todos lloraban su muerte. Él estaba allí, de pie y hablándoles, pero ellos no le veían, era tan sólo un alma en un lugar que no debía. Su muerte había sido extraña, producida por un veneno que no dejaba rastro alguno y ni siquiera él sabía quién le había matado. Su cuerpo yacía intacto sobre la blanca y acolchada superficie del ataúd, y cuando lo descubrió había emitido un grito ahogado. Se dio cuenta entonces de lo que pasaba, de que estaba muerto. Nada podía hacer para remediarlo, así que simplemente observó la ceremonia.

Estar muerto tenía sus ventajas: no tener necesidades fisiológicas, no poder herirte ni enfermar... Lo único que podía hacer era ver, oír y pensar. Coger cosas era casi imposible. No se quejaba: llevaba muerto mucho tiempo, y las almas solían desaparecer a las tres horas de morir el cuerpo. No creía que hubiera nada después y estaba contento de poder sentir aún, pero le faltaba algo y no sabía qué.

Aquella alma seguía intentando hacerse notar infructuosamente, obstinada. Decidió que era hora de decirle algo.

—No conseguirás nada, eres un alma y estás muerta —dijo con desgana. Llevaba demasiado tiempo muerto como para tener consideración con nadie.
—¿Y tú cómo lo sabes? —replicó la difunta volviéndose, con cara de pocos amigos.
—Porque también lo estoy. ¿Crees que llevo el pelo así por gusto? Es curioso, aunque estés muerto envejeces, te crecen el pelo y las uñas. No me quiero imaginar cómo estaré dentro de cien años. Eso sí, no te duele nunca nada.
—Esto tiene que ser una broma. ¿Tú quien eres?
—Rodrigo Suárez, para servirte.
—¿El hombre que murió hace seis años en el castillo?
—Veo que me conoces. Yo que tú estaría atenta a tu entierro, porque probablemente desaparecerás en muy poco tiempo. Encantado de conocerte...
—Isabel. Vivía cerca de ese castillo... ¿Desapareceré?
—Todos lo hacen. Todos, menos yo. Algunos al cabo de dos horas, otros al cabo de cuatro, pero nunca duran más de medio día. Se van para no volver. Sé que es desconcertante, pero... no hay otra.
—No me lo puedo creer... —susurró ella, dándose cuenta de todo— así que hay algo después de la vida... ¿iré al cielo?
—No lo sé, pero... no lo creo. Desaparecerás sin dejar rastro.
—¿Y tú no? ¿Por qué no?
—No lo sé. Llevo mucho tiempo aquí. Será porque soy un cabezota de cuidado

Del rostro de la chica surgió una sonrisa por primera vez, mezclada con un gesto de sorpresa. Observándola, Rodrigo se dio cuenta de que era poco más joven que él y bastante atractiva a pesar de estar muerta. Decidió romper el hielo de alguna manera.

—Mira qué divertido. No suelo hacerlo, porque si lo hago mucho la gente se asusta, no viene y me aburro más.

Fue con cuidado hasta un lugar del cementerio y se cercioró de que nadie miraba hacia allí. Cogió una piedra pequeña con cuidado y la lanzó contra una pared. Los asistentes a la ceremonia se volvieron alarmados, pero el cura observó que probablemente había sido algún animal.

—¿Cómo has hecho eso? —preguntó Isabel con los ojos abiertos como platos.
—Años de práctica. Me costó mucho poder interceder en el mundo de los vivos, aunque fuera en una pequeña parte. Esa piedra pesa muchísimo para mí aún. Es como si ahora fuéramos... de aire —y sus miradas se perdieron en el infinito.
—¿Esto es a lo que te dedicas siempre?
—preguntó con amargura la joven.
—Sí, qué remedio. Hablo con las almas hasta que desaparecen, hago tonterías de este estilo,
o cuando no viene nadie, que es la mayor parte de los días, me dedico a mirar a las ratas o a los gusanos que aquí viven.

Rodrigo adivinó una mirada de compasión en los ojos de la muchacha, que se daba cuenta de que más que algo bueno lo de vivir para siempre era una maldición.
Observaron el entierro de la chica. El féretro era humilde, y había bastante poca gente.

—Dios... ¡qué espanto!—repuso la joven, mirando al ataúd.
—Tranquila—dijo Rodrigo—. Todos somos así cuando estamos muertos. Pero yo diría que eso no es importante, ni cómo te entierran o cuánta gente hay aquí. Lo importante es darse cuenta de si estás contenta o no con la vida que has llevado y de lo buena que hayas sido. Puedes haber tenido mala suerte, pero siempre te quedará saber que a pesar de todo lo has hecho bien— y añadió—. Ven.

Dieron una vuelta por el cementerio entero, y Rodrigo fue contándole la historia de cada uno de los muertos recientes. Él solía escuchar las historias de sus vidas porque, después de todo, no tenía otra cosa que hacer. Ellos le decían por qué habían muerto, de qué se arrepentían, qué hubieran querido hacer y no pudieron...

Por alguna razón, la atención mostrada por la joven y su forma de ser hizo que cada vez que le contaba una historia tuviera más ganas de hablar con ella. Era como si estuviera hecho para ella.

—Y bien, te toca —la incitó el chaval mostrándole una mano. Con treinta y dos años, y a pesar de llevar seis años muerto, conservaba su aspecto de vivo a excepción del pelo. Le costaba muchísimo limarse las uñas todos los días, pero aún así lo hacía, y tenía las manos impecables. Se cuidaba como podía: había sido educado en una familia con dinero y no descuidaría su aspecto aunque viviera eternamente.
—Bueno, mi historia es un poco diferente a la de todas estas almas. Yo... me suicidé.
—¿Te suicidaste?
¿Por qué?
—Pues verás, mi vida era una verdadera mierda. Vivía sola con mi madre y mi hermano, porque mi padre se fue de la ciudad con otra mujer y no volvimos a saber de él. No teníamos suficiente dinero para vivir. Mi hermano un día llegó muy cabreado a casa y le clavó a mi madre un cuchillo en la pierna alentado por su novia, una mujer vil y desagradable con la que mi madre no aprobaba que estuviera, para más tarde seguir el ejemplo de su padre y no volver más. Después de mucho tiempo de tener que cuidar de ella, se le gangrenó la herida y no pudimos hacer nada para evitar que muriera. Fue horrible, y entonces decidí que no merecía la pena seguir viviendo.

Tras unos instantes de silencio en los que el hombre no sabía que decir, se decidió a abrir la boca.

—Di... Dios mío. Tu vida ha tenido que ser de lo más cuesta arriba...
—Bueno... —respondió la mujer, dándose cuenta de que ahora todo aquello era historia—, la verdad es que no aguantaba más.
—Todo aquello acabó ya —replicó Rodrigo, tratando de que se olvidara de todo aquello—. Ahora sólo te quedan unos instantes para irte de aquí y no volver. Y, como puedes ver, parece que tu padre sí que volvió, y de hecho, aunque la ceremonia terminó hace media hora, ahora está aquí.

Un hombre estaba arrodillado al pie de la tumba con los dedos entrecruzados, mirando al cielo y llorando.

—No es mi padre. Es mi hermano, pero es mucho mayor que yo, veinte años. Cuando enterraron a mi madre en su ciudad natal no fue. No sé por qué está ahora aquí —expuso, con denotado odio.
—Por eso no conocí yo a tu madre... ¿Crees...? —se lo pensó dos veces antes de hacer la pregunta. Quería saber si se arrepentía de haberse ido del mundo después de todo.
—¿Creo...?
—¿...Que merece la pena haberte suicidado?
—Nunca merece la pena. Fue un acto impulsivo. Pero... sufrí mucho.

Siguieron caminando por el cementerio. En un momento dado, Rodrigo se paró. La chica se detuvo también y le miró.
—¿Cuánto crees que me queda?
—No lo sé. ¿Una hora? ¿Dos, quizás?
—Ya... ¿Sabes? Eres buen chico, aparentemente. No sé por qué te pasa todo esto. —Rodrigo sintió los ojos de la joven clavados en los suyos con tal intensidad que no pudo evitar apartar la mirada. Estaban muy cerca, a sólo medio metro.
—Ojalá te... —comenzó a decir él.

Y de repente, la chica desapareció de allí, sin dejar rastro alguno, ni siquiera una mísera mota de polvo. Él se quedó mirando al espacio que Isabel ocupaba antes.

—... quedaras aquí para siempre.

Rodrigo bajó los ojos, desolado. Aquella chica era especial. Había vivido cerca de ella y nunca la había conocido, y se arrepentía profundamente. No sabía por qué pero lo único que le apetecía entonces era desaparecer con ella. Su corazón, lleno de rabia, le incitaba a hacer ruidos y destrozar tumbas. Pero decidió no hacer nada de lo que después se arrepentiría, y volver a la rutina de siempre mirando animalitos y entreteniéndose con lo que fuera.