¡Por fin lo había conseguido! Había ligado con una chica gallega por internet, que además era (o por lo menos lo parecía en las fotos que le había pasado) muy guapa y tenía muy buen cuerpo. Habían quedado para verse en un sitio intermedio entre su ciudad, Gijón, y la de ella; aunque si lo pensaba bien no podía acordarse de dónde era la susodicha, pero le daba igual. En el coche de ella (pues él no sabía conducir, le había traído un taxi), irían a tomar un café y ¡quién sabe lo que podría pasar! La ilusión invadía su cuerpo, tras muchos años de anhelo y espera sin comerse un mísero rosco.
Y allí estaba él, Miguel "el fucker", en medio de la nacional 640, viendo pasar los coches y esperando que en alguno de ellos llegara ella a aquella gasolinera. ¿Sería aquel azul que venía lejos? No, ella tendría dinero, y aquel 206 era demasiado barato. ¿Y aquel gris? No distinguía qué coche era, puesto que venía detrás de un molesto tractor que circulaba que no le dejaba pasar. "¡Malditos tractores!", pensó entonces para sí. El coche que iba detrás era un... ¿Mazda, podía ser? Una mezcla de nerviosismo y alegría llenaba su cuerpo de manera claramente visible.
Tras unos instantes, el tractor ya había llegado casi a la altura de la gasolinera y había reducido aún más su velocidad. "¡Cachis!", pensó, "Basta que tenga yo prisa por conocerla para que el gilipollas del tractor...!
No pudo acabar de pensar la frase. "El gilipollas del tractor" detuvo el vehículo delante de él, y definitivamente era a quien estaba esperando. ¿Era una chica? Su atuendo era un tanto sorprendente; la mejor palabra para definirlo era rural: un sombrero de paja que ocultaba parte de sus rizos, una camisa blanca a cuadros grises y unos vaqueros azules. En fin, iba como una verdadera Texas Ranger. Sin embargo, le sorprendió oir una suave y dulce voz, viniendo de aquel ser tan rústicamente ataviado.
—Qué, ¿subes?
A pesar de lo poco arreglada que iba, se podía adivinar que era una chica muy guapa. Aún así, en lo que pensaba Miguel seguían siendo sus pintas. "¿Qué le habrá hecho venir así a una cita?", pensaba, mientras se subía al tractor con una falsa sonrisa de complacencia. "¿Tendría que cuidar a las vacas antes de venir?".
—Sí, Marta.
Tras un corto trayecto en aquel vehículo, en el que tuvieron tiempo de conversar, llegaron a un pequeño bar de pueblo que, aunque alejado de lujos urbanos, era acogedor y aceptable para una primera cita, a la vez que íntimo (en realidad, estaba vacío). Tomaron un café, y Miguel se dio cuenta de lo asombrosamente culta e inteligente que era la chica, a pesar de lo que le comía tanto la cabeza: su apariencia. En realidad, suponía que le habría llegado a gustar, y mucho, con un vestido apretado; sin embargo, aquella camisa a cuadros "le cortaba todo el rollo". Decidió que no quería nada con ella, no fuera a ser que la vieran sus amigos con aquellas pintas. Además, seguro que tenía poco dinero.
Tras la cita, se despidieron y Miguel llamó a su padre, que le viniera a recoger. Probaría suerte con otra chica; total, si ya había conseguido una cita con una, ¿por qué no con cualquier otra? Con Marta dejaría de hablar, pues no le interesaba.
Pasaron los meses y Miguel entró en la universidad. Vale que fuera un par de años atrasado, pero si se sacaba la carrera eso no importaba. Solía tumbarse en el prado con sus amigos y pasarse las clases jugando al mus y viendo pasar a las chicas. Un buen día, mientras holgazaneaba en el prado, le sorprendió una voz por detrás, que le sonó tan dulce como la última vez que la había oído. Sí, era Marta, y ahora no iba tan mal vestida: podría decirse que iba normal, pero su normalidad era abrumadoramente bella. Tras una conversación banal, se despidieron y ella se marchó. Llevaba en la mano las llaves de su coche, y no fue difícil constatar que era un Audi.
—¡Vaya buena que estaba! ¿De qué la conoces?
—Tuve una vez una cita con ella.
—¿Y pasó de ti?
—Pasé yo de ella.
—Anda, ¡no te lo crees ni tú, flipao!
Le daba lo mismo que sus amigos no le creyeran, ni que se estuvieran riendo de él por fantasma. Se había quedado extasiado viendo alejarse a aquel cuerpo perfecto, aquella voz suave y tierna, aquel pelo sedoso y brillante, en suma, aquel ser maravilloso que un día decidió rechazar. Tal día creyó que ella iba a ser poco para él, y ahora se daba cuenta de que no la había sabido valorar. Lo que no sabía es que lo de las pintas campesinas y el tractor había sido una prueba, un examen que la chica había hecho, harta de que todos los tíos fueran superficiales. Miguel no la había superado: era él quien había sido poco para ella.
miércoles, 13 de julio de 2011
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ay ay... ni un comentario? la historia me gusta, como es habitual en ti... historias que podrian ser reales... esta me gusta, y me gusta mucho el caracter femenino ^^. sigue escribiendo ^^
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