viernes, 11 de diciembre de 2009

La tienda

Observó la tienda con recelo. A pesar de la cantidad de veces que había pasado por aquella calle, nunca había reparado en la existencia de aquel pequeño establecimiento. Aparentemente no era más que un local donde vendían antigüedades, pero ahora que se fijaba, dentro había cosas un tanto peculiares.
Se sorprendió con la cara pegada al cristal empañado de la puerta de la tienda. Como no sabía qué pensaría el dueño si no entraba, lo hizo, casi más por cortesía que por propio interés en qué podía haber dentro, pues hacía un tiempo que ni sentía ni padecía; en los últimos meses se había centrado de manera exclusiva en su persona y no había sabido llegar más allá.
Dentro de la tienda, un amable señor de unos setenta años le miró con cara alegre. Ante la figura de su persona, el hombre se comportaba como si le hubiera tocado la lotería, de lo que dedujo que no tenía muchos clientes.
–Buenas tardes, buen hombre–comenzó, tratando de ocultar su curiosidad–. ¿Qué vende usted aquí?
–Hola, hijo. Echa un vistazo, y si tienes alguna duda sobre cómo funciona algo, ¡no dudes en preguntármelo!–exclamó el hombre con una grata sonrisa. Paseaba a sus anchas por la tienda, observándole pero sin atosigarle–. Seguro que encuentras algo de tu agrado.
Juan se había parado ante un baúl pequeño de madera que contemplaba absorto. Le recordaba por alguna extraña razón a algo de su juventud, y no sabía a qué.
–¿Vende usted... artículos antiguos?–preguntó, tímido.
–En realidad, podría decirse que vendo toda clase de objetos–replicó lentamente el señor.
–Y este baúl...
–¿Te gusta? Apuesto a que te recuerda a algo, algo maravilloso–el hombre había dado en el clavo. Cuanto más observaba el baúl, más sentía que aquello era algo conocido. Intentó averiguar cómo podía abrirlo, palpando por toda su superficie en busca de alguna cerradura, mas no tardó en darse cuenta de que no existía nada parecido–. No, así no, hijo, no se puede abrir con las manos.
Apartó un segundo la vista del baúl para dirigirla al hombre. El escepticismo se había apoderado de su cara, y le miraba inquisitivamente esperando una explicación.
–Pues no creo que sea con un mando a distancia–observó irónicamente, aparentando quitarle importancia.
–No, se abre con algo mucho mejor que eso–respondió, y tras una risotada y un ataque de tos, le miró y repuso–,con el corazón.
Juan no pudo evitar reírse un largo rato ante la respuesta del viejo.
–Perdone–explicó cuando al fin consiguió parar–, pero hace mucho tiempo que no creo en estas cosas.
–Lo sé, hijo, pero ante tus incrédulos ojos te mostraré lo que puedes hacer con eso–y, con los dedos índice y corazón, le dio unos golpecitos en el basto jersey de lana a la altura del pecho.
El hombre le quitó suavemente el baúl y lo apoyo sobre una de sus manos. Con la otra le cogió la suya, para posteriormente cerrar los ojos. Una extraña sensación le invadió, recorriendo todo su cuerpo. Cuando se quiso dar cuenta, el baúl estaba abierto.
–No puede ser...–susurró Juan boqueabierto.
–Sí, es. Nunca pienses que lo sabes todo, y que nada te podrá sorprender. No conoces ni la milésima parte de lo que el mundo puede aportar.
Embobado, se acercó al hombre para ver qué contenía aquello, pero el hombre lo apartó de su vista ocultándolo tras de sí.
–¿Qué esperas que haya?– preguntó divertido el amable señor.
–No lo sé. Ahora ya no sé que pensar...
–Algo extraordinario, no lo dudes. Piensa en qué es lo que realmente necesitas; en qué parte de tu espíritu está incompleta.
–La verdad es que no lo sé–repuso Juan con indiferencia.
–Precisamente eso es lo ocurre. Seguramente no sabes que te pasa. Yo te guiaré ahora, con ayuda de esto–expuso señalando el baúl, lo cual impacientó aún más al joven, que con miraba impaciencia hacia éste–, a descubrir que te falla ahí dentro–continuó, volviendo a señalar hacia su pecho.
Y sin más, el hombre sacó del pequeño objeto una especie de dado de madera, pero que tenía luz propia.
–Adentrémonos en el mundo de lo imposible. Como caras opuestas de un dado, las distintas vertientes de la gente son complementarias, y has de ver en cuál estas tú y a cuál sería más justo dirigirte. Gracias a esto–y alzó el dado–podrás saber el grado de maldad de la gente, y cómo, amigo mío, todo lo que ves y oyes no es suficiente para juzgarla; también sabrás qué falla en tu persona y cómo debería ser la humanidad. Prepárate para lo inexplicable.

Juan se sorprendió con la cara pegada al cristal empañado de la puerta de la tienda. Intentó abrirla, pero estaba cerrada. Confuso, echó a andar pensando si todo habría sido una fantasía, una enagenación de su mente. Como era costumbre, metió las manos en los bolsillos y la nariz en el cuello de su abrigo; mas para su sorpresa, había en su bolsillo derecho algo que no estaba antes: un dado. El contacto de sus dedos con éste le hizo sentirse vil, mezquino, y se dio cuenta de que debía mejorar como persona; esa era la enseñanza que la vida, el destino o algún ser divino le había querido brindar.

martes, 3 de noviembre de 2009

Abismo

Estaba allí colgada ante el abismo. Se había ido quedando sin apoyos, ya fuera por una razón o por otra. Al final se había resbalado de la cúspide del acantilado y había caído; pero aún le quedaba una cuerda, una mísera cuerda a la que agarrarse. La soga de la amistad se deshilachaba. Lógico sería pensar que intentaría tratarla lo mejor posible, intentaría estar colgada casi sin moverse, manteniendo la respiración, procurando deteriorarla lo menos posible, pero no. Lejos de actuar de forma sensata, últimamente se había dedicado a jugar con ella. Se balanceaba, rotaba y la utilizaba despreocupadamente. En cierto momento la cuerda había golpeado una piedra tajante de la rocosa y abrupta pared del acantilado, y se había desgarrado en gran medida. Y ella miraba de vez en cuando hacia abajo con miedo, pero ni siquiera su profundidad la inducía a actuar de manera prudente.
Tras cierto tiempo, la parte más estropeada de la cuerda había evolucionado de forma fatal, y ella se hayaba colgada de un sólo hilo, un hilo que era aparentemente el más resistente de todos, pero que en poco tiempo cedería. Y ahora sí, ya no podía hacer nada más que rezar a todos los santos que conocía, puesto que sería cuestión de tiempo y suerte que su peso quebrara el ultimo hilo y ella cayera en ese gran hueco sin salida, en el abismo de la soledad.

domingo, 18 de octubre de 2009

Un mundo de arena.

Guillermo estaba apoyado en la pared, al igual que sus dos amigos. Echó una mirada por toda la discoteca. A pesar de intentar fijarse en todas las que había allí, sus ojos se le iban en todo momento al mismo lugar: aquella chica de los ojos verdes, aquella que era tan amiga de su hermana, y con la que él había conseguido entablar una pequeña conversacion por internet ayer. Iba un curso más adelantada, por lo que probablemente no tuviera muchas oportunidades, pero Guillermo consideraba que tenía que intentarlo. Ella estaba allí con sus amigas, bailando la música repetitiva las discotecas que a él no le gustaba nada pero a ella sí. Por eso estaba allí hoy.

Acabó lo que le quedaba de copa en un trago que le pareció asqueroso. El alcohol, al que todavía no se había acostumbrado, le bajó poco a poco por el tubo digestivo, quemándole, y acabó en un punto donde se mezcló con las mariposas. Entonces recordó, mientras ponía su mano en el estómago, lo poco que había hablado con Lisa ayer. Con el bloqueo mental que había tenido sólo había conseguido presentarse y hablar de temas superfluos. No sabía ni siquiera si tenía novio o no. Y es que necesitaba estar con ella. Aunque no quisiera ni pensar en ello, creía que estaba enamorado.

Animado por la copa, y tras dedicarles a sus amigos una sonrisa, se dirigió con el paso más firme que pudo hacia ella, quien aún no había reparado en su presencia en el local.

-Ho... hola, Lisa -su voz salió con dificultad.
-Ah, hola, Guille -respondió, y siguió bailando como si no el muchacho no hubiera dicho nada. El hecho de que le llamara por un apócope le gustaba aún más.
-Oye... -empezó, intentando aparentar decisión sin éxito- ¿tienes novio?
La joven paró inmediatamente de bailar cuando se percató de que el chico iba con intenciones de pedirle algo.
-¿No se supone que no deberías estar aquí? -le dijo con una sonrisa suavizadora- ¿Cuántos años tienes?
-Catorce, pero soy amigo del portero -replicó inmediatamente. Mentía, era Tomás el que conocía al hombre de la puerta, pero no tenía ninguna importancia. Quizá así la impresionara- Y tú, ¿no se supone que solo tienes un año más que yo?
-Sí, en realidad, cumplí dieciséis el otro día -dijo, y puso una mueca de sorpresa al observar algo detrás del chaval- ¡Hola, Lucas!
Un chico de aproximadamente dieciocho años apareció detrás de Guillermo. Su visión produjo en éste el mayor de sus temores.
-Hola, Lisa -le respondió, y le dio un beso en la boca. Guillermo sintió una punzada en el estómago, como si de repente se le hubiera revuelto todo lo que había comido y bebido ese día. "Todo un mundo de arena se ha roto ante mí", pensó- ¿Quién es este enano?
La sangre hervía dentro de Guillermo. "Ese cabrón no debería estar con ella, es un cretino", pensó. Pero no se arriesgaría a decírselo a la cara, estaba en clara desventaja. Así que sin ni siquiera decir adiós, se marchó

Decidió que nunca más sería tan inocente, que los errores pasados los manejaría en su favor y aprendería de ellos, que de ahora en adelante iba a cambiar para conseguir todo lo que se propusiera; que el mundo contemplaría su despertar.



Inspirada en la canción "despertar" de Warcry.

Espero mejorar con el tiempo y con la práctica, ésta es solo mi primera entrada ;)

@V