Se sorprendió con la cara pegada al cristal empañado de la puerta de la tienda. Como no sabía qué pensaría el dueño si no entraba, lo hizo, casi más por cortesía que por propio interés en qué podía haber dentro, pues hacía un tiempo que ni sentía ni padecía; en los últimos meses se había centrado de manera exclusiva en su persona y no había sabido llegar más allá.
Dentro de la tienda, un amable señor de unos setenta años le miró con cara alegre. Ante la figura de su persona, el hombre se comportaba como si le hubiera tocado la lotería, de lo que dedujo que no tenía muchos clientes.
–Buenas tardes, buen hombre–comenzó, tratando de ocultar su curiosidad–. ¿Qué vende usted aquí?
–Hola, hijo. Echa un vistazo, y si tienes alguna duda sobre cómo funciona algo, ¡no dudes en preguntármelo!–exclamó el hombre con una grata sonrisa. Paseaba a sus anchas por la tienda, observándole pero sin atosigarle–. Seguro que encuentras algo de tu agrado.
Juan se había parado ante un baúl pequeño de madera que contemplaba absorto. Le recordaba por alguna extraña razón a algo de su juventud, y no sabía a qué.
–¿Vende usted... artículos antiguos?–preguntó, tímido.
–En realidad, podría decirse que vendo toda clase de objetos–replicó lentamente el señor.
–Y este baúl...
–¿Te gusta? Apuesto a que te recuerda a algo, algo maravilloso–el hombre había dado en el clavo. Cuanto más observaba el baúl, más sentía que aquello era algo conocido. Intentó averiguar cómo podía abrirlo, palpando por toda su superficie en busca de alguna cerradura, mas no tardó en darse cuenta de que no existía nada parecido–. No, así no, hijo, no se puede abrir con las manos.
Apartó un segundo la vista del baúl para dirigirla al hombre. El escepticismo se había apoderado de su cara, y le miraba inquisitivamente esperando una explicación.
–Pues no creo que sea con un mando a distancia–observó irónicamente, aparentando quitarle importancia.
–No, se abre con algo mucho mejor que eso–respondió, y tras una risotada y un ataque de tos, le miró y repuso–,con el corazón.
Juan no pudo evitar reírse un largo rato ante la respuesta del viejo.
–Perdone–explicó cuando al fin consiguió parar–, pero hace mucho tiempo que no creo en estas cosas.
–Lo sé, hijo, pero ante tus incrédulos ojos te mostraré lo que puedes hacer con eso–y, con los dedos índice y corazón, le dio unos golpecitos en el basto jersey de lana a la altura del pecho.
El hombre le quitó suavemente el baúl y lo apoyo sobre una de sus manos. Con la otra le cogió la suya, para posteriormente cerrar los ojos. Una extraña sensación le invadió, recorriendo todo su cuerpo. Cuando se quiso dar cuenta, el baúl estaba abierto.
–No puede ser...–susurró Juan boqueabierto.
–Sí, es. Nunca pienses que lo sabes todo, y que nada te podrá sorprender. No conoces ni la milésima parte de lo que el mundo puede aportar.
Embobado, se acercó al hombre para ver qué contenía aquello, pero el hombre lo apartó de su vista ocultándolo tras de sí.
–¿Qué esperas que haya?– preguntó divertido el amable señor.
–No lo sé. Ahora ya no sé que pensar...
–Algo extraordinario, no lo dudes. Piensa en qué es lo que realmente necesitas; en qué parte de tu espíritu está incompleta.
–La verdad es que no lo sé–repuso Juan con indiferencia.
–Precisamente eso es lo ocurre. Seguramente no sabes que te pasa. Yo te guiaré ahora, con ayuda de esto–expuso señalando el baúl, lo cual impacientó aún más al joven, que con miraba impaciencia hacia éste–, a descubrir que te falla ahí dentro–continuó, volviendo a señalar hacia su pecho.
Y sin más, el hombre sacó del pequeño objeto una especie de dado de madera, pero que tenía luz propia.
–Adentrémonos en el mundo de lo imposible. Como caras opuestas de un dado, las distintas vertientes de la gente son complementarias, y has de ver en cuál estas tú y a cuál sería más justo dirigirte. Gracias a esto–y alzó el dado–podrás saber el grado de maldad de la gente, y cómo, amigo mío, todo lo que ves y oyes no es suficiente para juzgarla; también sabrás qué falla en tu persona y cómo debería ser la humanidad. Prepárate para lo inexplicable.
Juan se sorprendió con la cara pegada al cristal empañado de la puerta de la tienda. Intentó abrirla, pero estaba cerrada. Confuso, echó a andar pensando si todo habría sido una fantasía, una enagenación de su mente. Como era costumbre, metió las manos en los bolsillos y la nariz en el cuello de su abrigo; mas para su sorpresa, había en su bolsillo derecho algo que no estaba antes: un dado. El contacto de sus dedos con éste le hizo sentirse vil, mezquino, y se dio cuenta de que debía mejorar como persona; esa era la enseñanza que la vida, el destino o algún ser divino le había querido brindar.
Dentro de la tienda, un amable señor de unos setenta años le miró con cara alegre. Ante la figura de su persona, el hombre se comportaba como si le hubiera tocado la lotería, de lo que dedujo que no tenía muchos clientes.
–Buenas tardes, buen hombre–comenzó, tratando de ocultar su curiosidad–. ¿Qué vende usted aquí?
–Hola, hijo. Echa un vistazo, y si tienes alguna duda sobre cómo funciona algo, ¡no dudes en preguntármelo!–exclamó el hombre con una grata sonrisa. Paseaba a sus anchas por la tienda, observándole pero sin atosigarle–. Seguro que encuentras algo de tu agrado.
Juan se había parado ante un baúl pequeño de madera que contemplaba absorto. Le recordaba por alguna extraña razón a algo de su juventud, y no sabía a qué.
–¿Vende usted... artículos antiguos?–preguntó, tímido.
–En realidad, podría decirse que vendo toda clase de objetos–replicó lentamente el señor.
–Y este baúl...
–¿Te gusta? Apuesto a que te recuerda a algo, algo maravilloso–el hombre había dado en el clavo. Cuanto más observaba el baúl, más sentía que aquello era algo conocido. Intentó averiguar cómo podía abrirlo, palpando por toda su superficie en busca de alguna cerradura, mas no tardó en darse cuenta de que no existía nada parecido–. No, así no, hijo, no se puede abrir con las manos.
Apartó un segundo la vista del baúl para dirigirla al hombre. El escepticismo se había apoderado de su cara, y le miraba inquisitivamente esperando una explicación.
–Pues no creo que sea con un mando a distancia–observó irónicamente, aparentando quitarle importancia.
–No, se abre con algo mucho mejor que eso–respondió, y tras una risotada y un ataque de tos, le miró y repuso–,con el corazón.
Juan no pudo evitar reírse un largo rato ante la respuesta del viejo.
–Perdone–explicó cuando al fin consiguió parar–, pero hace mucho tiempo que no creo en estas cosas.
–Lo sé, hijo, pero ante tus incrédulos ojos te mostraré lo que puedes hacer con eso–y, con los dedos índice y corazón, le dio unos golpecitos en el basto jersey de lana a la altura del pecho.
El hombre le quitó suavemente el baúl y lo apoyo sobre una de sus manos. Con la otra le cogió la suya, para posteriormente cerrar los ojos. Una extraña sensación le invadió, recorriendo todo su cuerpo. Cuando se quiso dar cuenta, el baúl estaba abierto.
–No puede ser...–susurró Juan boqueabierto.
–Sí, es. Nunca pienses que lo sabes todo, y que nada te podrá sorprender. No conoces ni la milésima parte de lo que el mundo puede aportar.
Embobado, se acercó al hombre para ver qué contenía aquello, pero el hombre lo apartó de su vista ocultándolo tras de sí.
–¿Qué esperas que haya?– preguntó divertido el amable señor.
–No lo sé. Ahora ya no sé que pensar...
–Algo extraordinario, no lo dudes. Piensa en qué es lo que realmente necesitas; en qué parte de tu espíritu está incompleta.
–La verdad es que no lo sé–repuso Juan con indiferencia.
–Precisamente eso es lo ocurre. Seguramente no sabes que te pasa. Yo te guiaré ahora, con ayuda de esto–expuso señalando el baúl, lo cual impacientó aún más al joven, que con miraba impaciencia hacia éste–, a descubrir que te falla ahí dentro–continuó, volviendo a señalar hacia su pecho.
Y sin más, el hombre sacó del pequeño objeto una especie de dado de madera, pero que tenía luz propia.
–Adentrémonos en el mundo de lo imposible. Como caras opuestas de un dado, las distintas vertientes de la gente son complementarias, y has de ver en cuál estas tú y a cuál sería más justo dirigirte. Gracias a esto–y alzó el dado–podrás saber el grado de maldad de la gente, y cómo, amigo mío, todo lo que ves y oyes no es suficiente para juzgarla; también sabrás qué falla en tu persona y cómo debería ser la humanidad. Prepárate para lo inexplicable.
Juan se sorprendió con la cara pegada al cristal empañado de la puerta de la tienda. Intentó abrirla, pero estaba cerrada. Confuso, echó a andar pensando si todo habría sido una fantasía, una enagenación de su mente. Como era costumbre, metió las manos en los bolsillos y la nariz en el cuello de su abrigo; mas para su sorpresa, había en su bolsillo derecho algo que no estaba antes: un dado. El contacto de sus dedos con éste le hizo sentirse vil, mezquino, y se dio cuenta de que debía mejorar como persona; esa era la enseñanza que la vida, el destino o algún ser divino le había querido brindar.
